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Diario de la Expedición
Imágenes
Crónica:

22 de agosto de 2007

Donde el Sol se amarra.

¿Es posible que los incas tuviesen un concepto de I + D hace unos seiscientos años? Es posible. Los arqueólogos no saben con certeza qué finalidad tenían las terrazas de Moray, una especie de anfiteatro de anchas gradas (aquí les llaman andenes) cubiertas de buena tierra que en su punto más bajo puede alcanzar unos 100 metros de profundidad. Para algunos son un escenario para las ofrendas a los dioses incas, pero la teoría más extendida es que se trata de un laboratorio agrícola. Según esta opinión los incas probaban diferentes cultivos a varias alturas para investigar cuáles eran más adecuados en los distintos territorios del imperio. Lo cierto es que cada escalón tiene una temperatura distinta, pudiendo alcanzar los 36 grados el más bajo de todos. Aún admirados por la iniciativa investigadora de los Incas nos encontramos con una obra de ingeniería creada por ellos que todavía hoy da de comer a las familias de Maras. Unas tres mil pozas cuadrangulares conforman en la ladera de una altísima montaña las salinas de Maras. Unos canalillos llevan el agua salada que se evaporará en cada una de esas pozas, refulgiendo de tal manera bajo el sol del mediodía que resulta fácil confundirlas con nieve. Por el camino nos cruzamos con los trabajadores de las minas que van cargados con sacos de sal que alcanzan los 40 kilos, es increíble la resistencia de estas personas que llevan a cabo las labores más sacrificadas a unos 3000 metros de altura.
Pero el camino aún nos guarda una sorpresa. Unos cientos de metros por debajo de las minas se abre ante nuestros ojos una de las entradas al valle de Urubamba, por el que corre el río que le da nombre. Si alguien recuerda aquella vieja película en la que los protagonistas encontraban el valle escondido de Sangri-La podrá hacerse una idea del paisaje con el que nos encontramos.
Los estudiantes continúan con su aclimatación a la alta montaña para afrontar con éxito los tres días de marcha que quedan por delante a través de los caminos incas. Con ese fin continuamos la marcha hasta el Pisac Viejo. La senda no es fácil. Discurre entre caminos escarpados, precipicios y empinadas escaleras; incluso hay que atravesar oscuros túneles gasta llegar a la hacienda real del inca Pachacútec. En lo más alto de ésta se pueden observar los restos de un santuario que hacía también las veces de observatorio astronómico. Entonces sólo los sacerdotes estaban autorizados a cruzar sus puertas, pero ahora los alumnos de la expedición pueden acceder también a uno de los secretos que se escondían tras sus muros: el Intihuatani, literalmente “piedra de amarre del sol”. Una piedra redonda con una aguja que era sin duda un observatorio para medir el curso del sol y comprobar el calendario. Rápidamente llega la noche y ya que no podemos “amarrar” el sol por más tiempo realizamos unas observaciones del espléndido cielo que de nuevo se muestra ante nosotros. La luna aún no está llena pero ya queda menos para el eclipse total que podremos contemplar desde este valle sagrado de los incas.

ROBERTO GONZÁLEZ.

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